Una de las más desagradables pesadillas que me acechan cada vez que ceno demasiado consiste en lo siguiente: voy conduciendo mi automovil –ya saben, cruzando ufano la ría- y de repente ¡zas! El puente de Rande se viene abajo cual si me hubiese introducido en una película norteamericana de catástrofes, tipo “Terremoto”, “El coloso en llamas” o “ Aeropuerto”. Mi vehículo y yo caemos y nos hundimos lenta y progresivamente en las aguas saladas que separan y unen el Morrazo y Vigo. Nunca llego a alcanzar el fondo, porque me despierto antes, pero la sensación de perecer ahogado y encerrado a bordo de un Polo Concepline de cinco puertas no me la quita nadie.
Todavía no he visitado al psiquiatra, pero intuyo que la repetición de tan agobiante secuencia por parte de las cavidades mas ocultas de mi cerebro debe obedecer a que todavía no me he agenciado la tarjeta de la Xunta, esa según la cual no te cobran nada en el puesto de peaje, pero despúes, a la hora de declarar a Hacienda, el Estado recupera todo cuanto tú creías haber ahorrado.
En fin, que como ya habrán adivinado, aquí servidor es uno de los usuarios habituales de Rande. Llevo catorce años cruzando casi diariamente la ría y ya he visto de todo, desde hacer dedo a la entrada a Vigo hasta vender lotería a la vera de las cabinas.
También he presenciado algunas de las marchas sobre rande, las de la Plataforma contra el Peaje, que viene a ser una especie de versión digital de la batalla de Rande que se libró hace trescientos años entre las escuadras de España y Francia, por un lado, y las de Inglaterra y Holanda por el otro, evento que se conmemora precisamente este año con iniciativas varias.
A saber a qué dedicarán el tiempo libre los gallegos del año 2.300. De todas formas, y puesto que el Museo del Mar seguro que sigue existiendo y este periódico no digamos, igual les da por montar una especie de exposición sobre esta segunda batalla de Rande que lleva camino de perpetuarse por los siglos de los siglos, a no ser que unas elecciones municipales o, en su defecto, autonómicas, lo remedien. De aquella, correrá la leyenda de que miles de coches yacen en el fondo de la ria. Serán las naos de usuarios que, como el que suscribe, nunca vieron cumplido su sueño de pasar gratis y, en cambio, padecieron atroces pesadillas.
Salvador Rodríguez
Publicado nó Faro de Vigo o domingo 18 de agosto de 2002